La-a: detalles caseros a raíz de un cactus

Posted on noviembre 25, 2011

5


Hola. Os lo tengo que decir. Llevo muchísimo tiempo queriendo volcar aquí mi pasión por todo lo que tiene que ver con adornar lo que envuelven cuatro paredes. Por eso inauguro hoy nueva sección en este blog tan segmentario y extremadamente musical. He decidido sacarle un poco más de jugo para definirme mejor. He decidido deciros que muchas veces cierro la boca durante largo tiempo y miro, no dejo de mirar, miro las esquinas y las motas de polvo, y me chifla pensar en cómo se rellena el espacio, en cómo se siente uno mejor dentro de él.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Me crié oyendo consejos sobre dónde colocar un cuadro, si más arriba o más abajo, ahí no, ahí; sobre qué azulejos y qué grifería poner, qué tapicería cambiar, qué aceite aplicar a un mueble viejo. Me crié acompañando a mi madre a obras en casas vacías y llenas de martillazos y gruñidos de rotaflex; visitando talleres de escayolistas y carpinteros, y viendo, después de mirar y remirar planos misteriosos sobre una mesa gigante del salón (planos por siempre hechos a mano), cuál era el cambio que un lugar era capaz de dar gracias a la imaginación de quien me trajo a este mundo. Cuando le acompañaba en su oficio solía dar vueltas curioseando en silencio. De vez en cuando le seguía la corriente a algún obrero dispuesto, pensaba él, a sacarme del aburrimiento con un comentario, o me fijaba en su nuevo aprendiz deseando tener cinco a seis años más. Y resulta que ahora me han entrado ganas de opinar, o más bien de disfrutar diciendo sandeces que mucho podrían tener que ver con lo que se me quedó de entonces.

Nada de chistes de obreros. Comenzaré esta sección por la historia de un cactus. O mejor, de varios. Así llegué a La-a, una tienda que siempre me pone de buen humor además de porque su nombre me recuerda a aquélla historia del oculista contada por Eugenio, porque está llena de curiosidades bonitas. ¿La más impresionante? Sus plantas de aire, una especie de cactus que se alimenta del hierro que chupa de pequeños alambres. Con eso basta. No necesita tierra. Así que lo puedes dejar rodando por casa o colgando de un hilo como si fuera una araña vegetal sin hambre.

A La-a llegué por mi costumbre de caminar mirando al suelo como un tímido ante la vida. Gracias a ella me choco mucho con los transeúntes. También encuentro cosas. Y ese día me topé con el pequeño huerto de verdes punzantes que tienen en la entrada, a buen precio, eso era importante. La tienda existe desde hace poco más de un año, y ayer descubrí que se llama así por la figura en forma de A que los dueños encontraron, al llegar, en la habitación del fondo del local. Antes había sido el taller de un escultor. Su obra caligráfica (podéis verla en las fotos que hice) le rememora hoy vigilando los brotes que trasplantan con mimo en el patio una diseñadora y un hombre de números: Marianne y Olivier.

La A es una de las muchas letras de gran tamaño que rondan por el local. El resto están hechas de madera de barcos que dejaron de faenar en la India. Los diseñadores gráficos y su devoción por las tipografías: todo un mundo. Marianne empezó vendiendo sólo los objetos que ella creaba. Su afición por viajar buscando ideas le hizo tener alguna que otra planta exótica y delicada. Por adornar, sólo por adornar, puso alguna en más de un rincón y llenando el hueco de sus diseños. Pero los curiosos pronto empezaron a preguntar si esas plantan se vendían, y hoy se puede decir que son un elemento clave del catálogo de La-a. Yo soy fan de sus plantas con forma de cuernos de alce saliendo de los muros y de sus macetas boca abajo. Si disfrutas mirando seres verdosos y detalles para tu casa, tienes aquí un pequeño museo.

Anuncios