Flamenco al límite: Galván y Morente

Posted on marzo 10, 2012

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*Entrevista publicada en ‘Libro de Morente 2’, editado por la revista cultural Boronía.

BORONÍA_ Morente le dedicó una frase de la que no se desprenderá jamás: “Es el más viejo de los bailaores jóvenes”. ¿Qué significa para usted, viniendo de quien viene?
ISRAEL GALVÁN_ Cualquier frase de Enrique es una suerte. Me vio en Los Zapatos Rojos, y yo tenía ese peso de que me habían sellado con que era muy raro bailando, muy moderno, vanguardista… Creo que se dio cuenta de que muchas poses que hago son de bailaores antiguos que veo en fotos. Él era muy observador, tenía como un radar, y me imagino que tenía esas fotos en su cabeza. Se sorprendió de que todo el mundo dijera que yo era tan moderno. Yo creo que fue un piropo y también una defensa como apoyo a un joven que estaba arrancando.

B_ ¿Cómo se conocieron?
IG_ En Granada. Fuimos para encargarle la música de La Metamorfosis. Seguramente fue idea de Pedro G. Romero, porque a mí no se me hubiera ocurrido llamarle, por respeto o miedo. Estaba con una guitarra en su salón sacando cosas, y le interrumpimos. Cuando le explicamos nos dijo: “Sí, me llaman para todas las cosas raras…”. Se comportó fenomenal. Me sorprendió su espíritu juvenil, echado en el sofá tirándose de todos esos pelos que tenía. Se creó un vínculo de confianza, como si además de ser flamencos y compañeros hubiera algo más, un acercamiento verdadero, de amigos. A partir de ahí fue un cúmulo de cosas. En la misma Bienal del 98, en la que hizo La Metamorfosis conmigo, quiso que también colaborara con él. Y la verdad es que nos metimos en su mundo, porque nos llamó dos días antes: “Oye, vente pacá pa’ que hagas Omega”. ¡Yo me estudié la coreografía igual que el disco! Y cuando llegué a Granada a ensayar me di cuenta de que el directo es el directo y lo grabado es lo grabado. Me acuerdo de la salida en el Estadio Olímpico, con los Lagartija, yo en un rinconcito bailando, Enrique cantándome… A lo mejor ahí no te das cuenta, pero son cosas que te dan fuerza y seguridad para el futuro.

A Morente no se le considera un cantaor rítmico, pero le veo una capacidad enorme, porque no sigue un solo patrón sino muchos a la vez. Su habilidad rítmica no ha sido reconocida

B_ Una vez definió a Morente como un verdadero filósofo…
IG_ Era una barbaridad. ¡Es que tenía una inteligencia…! Y bueno, ¡yo no estuve más con él porque me daba miedo! Decía: “¡Venga, vámonos todos! ¡Que nos vamos a ir de Madrid a Granada parándonos en varias ventas y vamos charlando!”. Pero yo no podía llevar su ritmo. Era una persona buena que no tenía complejo ninguno. Estaba totalmente relajado, no tenía que demostrar nada. Se reía de los problemas que surgían porque tenía una potencia con la que sabía que los solucionaba. A lo mejor por dentro tenía nervios, pero es que creo que cuando yo le conocí venía tanto de vuelta que tenía ya esa sabiduría con la que se disfruta lo que se hace.

B_ También llegó a llamarle su “salvavidas artístico”.
IG_ Yo le tengo como un referente porque tengo dudas y pienso: “Bueno, quiero hacer esto, pero ¿dónde me va a llevar? No me va a echar cuenta nadie, al final me voy a tener que quitar de bailar…”. Y claro, lo veía a él… Además, lo suyo es más difícil, porque en el baile ha habido más evolución, pero el cante es más cerrado, y Enrique se salió hacia su forma de una manera radical. Yo me conformo con el 10% de lo que ha hecho él. Tenerlo como ejemplo me ayuda. Era un hombre al que se le veía disfrutar. Me gustaba mucho el modo en que manejaba el entorno flamenco. No dejaba que le forzase, sino que jugaba con él y, cuando se esperaba que hiciera una cosa moderna, cogía y hacía algo clásico, y si le decían que lo mejor era eso, hacía una historia de esas que le venían a la cabeza.

B_ Usted hace también eso de alguna forma…
IG_ Esa semilla se me ha tenido que quedar. La Edad de Oro fue una casualidad y, fíjate, al final ha sido un espectáculo muy importante para mí. A través de él la gente me ha conocido mucho. Y vino de que en Jerez dijeron: “Venga, le dejamos un sitio a Israel para que pueda llevar todas sus cosas raras”. Le di un vuelco y dije: “Voy a ir con una guitarra y un cantaor, y además de Jerez, como Fernando Terremoto”. Dentro de lo clásico, aquello fue un clima raro. Siempre me llamó la atención cómo manejaba eso Enrique cuando salía al escenario.

B_ El silencio en su baile, dice, le permite escuchar a gente que ya no está, gente como Morente y Terremoto hijo. ¿Cómo suenan ellos en su cabeza?
IG_ No es que escuche especialmente una letra, pero a lo mejor cuando subo los brazos o hago un paso, no sé cómo, su nervio o algo de su voz, o un impulso, se me viene por un segundo. Tengo a Fernando clavado, se me ha quedado su esfuerzo, cuando no podía y tenía que sacar la voz de donde no había. Con Enrique me pasa igual.

B_ A él le unía también la curiosidad por investigar sonidos y silencios más allá de la música…
IG_ Es cierto. Casi todos los cantaores tienen la misma métrica: entra aquí, cierra aquí, pon el acento de la palma aquí… Pero en Enrique hay algo que muchos ven como un fallo, porque no va en el ritmo como debe ir, y yo eso lo veo más bien como una genialidad. Él era un universo rítmico por sí solo, aunque tuviese el coro, la guitarra y los palmeros, todos tenían que ir muy pendientes de él. Necesitaba esa libertad. Muchas veces no se le considera un cantaor rítmico pero le veo una capacidad rítmica enorme, porque no solo sigue un patrón, sino que hace muchos a la vez y va saliendo y entrando, cortando la voz, jugando, algo que no se lo he visto a ningún cantaor. El resto lo hace más lineal y simple, pero en Enrique el ritmo iba por ahí y él iba libre. Por eso existen esos silencios… Se puede quedar callado, entrar donde entre o hacer sus percusiones de voz o sus palmas abstractas. He bailado de manera muy métrica el guion del baile, pero por mí mismo o por la música que he escuchado (y la de Enrique es una), me daba cuenta de que había dentro del ritmo otra ventana. La habilidad rítmica de Enrique no ha sido reconocida.

B_ ¿Cómo definiría su baile con música de Morente? ¿A qué le llevaba su voz?
IG_ En directo no podía bailar tan liso, me tenía que romper. Los bailaores bailamos al cante o a la guitarra, pero tenemos nuestra coreografía, y lo que escuchamos no nos parte. Pero cuando Enrique lanza la voz, si no le sigues con tu energía, él se va solo. Si quieres acompañar a Enrique en el viaje que te pega con su voz y todo el torbellino, te tienes que salir de ti. El rebote que me manda con su voz, la onda, es tan fuerte, que le tengo que responder con otra. Tanto Enrique como Fernando han cambiado mucho mi baile.

B_ Eso de romperse lleva a una coletilla que suelen ponerle: su relación con el cubismo al deconstruir el baile. Es curioso que Morente dedicase su último disco a Picasso y que a usted le llamen el Picasso del baile. ¿Ve ahí otro punto en común?
IG_ Sí, por ejemplo en la manera de partir el guion estándar de los bailes flamencos. En Galvánicas hice una farruca con Gerardo Núñez y la quise deconstruir porque no me apetecía hacer un guion bonito en el sentido de “los bailes son estos”. Hicimos cincuenta y tantas llamadas una detrás de otra. Yo no tenía bien entendido el concepto de cubismo, pero me daba cuenta de que era un poco esa ruptura. Quería verlo en otro prisma. No estancarse es una necesidad de supervivencia. Necesitas estimularte. Y ahora que me acuerdo, hice una cosa también con Enrique de un disco previo que hizo de Picasso para el Museo. Le metí los pies, y recuerdo que hizo una letra de una frase de Picasso en la que decía todas las comidas. Todos los cantaores encuadran más o menos todo para que vaya bien en un compás o dos, pero eso era ¡venga comida! Y el ritmo estaba por allí… Él lo rompía, aunque creo que no le quedaba otra porque era su espíritu.

B_ A Morente le preguntaron si se consideraba un cantaor surrealista y dijo que sí. A usted le han llamado “raro” muchas veces. ¿Cree usted que lo es?>
IG_ Yo no creo que tenga tanta cultura como para decir “yo hago esta tendencia”. Lo que trabajo es mi intuición, y esta puede salir cubista o surrealista, o más teatral o más rítmica o más rara. Es verdad que todo deja su influencia, pero al fin y al cabo creo que soy bailaor y nada más. Con eso voy de una cosa más verdadera que intentando ser forzosamente surrealista.

Trabajo mi intuición, que puede ser cubista o surrealista, o más teatral o más rítmica o más rara. Todo deja su influencia, pero creo que soy bailaor y nada más

B_ ¿Valora que supiera enfrentarse al rechazo del público, como usted ha tenido que hacer?
IG_ Yo creo que él lo tuvo que pasar peor. No tenía complejo ninguno y lo veía claro, pero a ese hombre lo que le habrán dicho… Y lo siguen criticando, ¿eh? No a todos los artistas les gusta. Ven que el trabajo que ha hecho es impecable y que ha cantado por todos los palos, pero a la hora de la verdad es de minorías, aunque esa minoría sea totalmente devota. Hay una coletilla en el primer disco de su hija que se la canta él y dice algo como: “Yo seré muralla pa’ que no te ofendan”. Él se tuvo que hacer una muralla, una armadura de hierro. Si creo que hasta le tiraron tomates, según me dijo… Aparte de que tampoco lo invitaban. En Mairena, aunque Mairena dijera que había un chaval de Granada que le gustaba mucho, o en Jerez, tampoco creo que… No sé si había ido a la Fiesta de la Bulería. Ya te digo que el conocerle me dio ánimos a la hora de soportar todo eso.

B_ ¿Ha dejado de ser tan sensible a la opinión negativa?
IG_ Yo puedo decir que tengo dos carreras: una de chico y otra profesional de mayor. Cuando salí con Mario Maya en el Ballet bailando solo, recibí mi primera crítica y fue buena. Luego bailé en diferentes concursos y los gané. Pero todavía no me había ido por mi guerra, bailaba para un jurado, no para mí. Cuando me dieron mi primera oportunidad de hacer una obra mía, la de Los Zapatos Rojos, lo pasé mal, porque me metía mucho dentro de los personajes. Manuel Soler, en ese sentido, me vino muy bien. No se asustaba. Decía: “¡Esto está de puta madre!”. Y yo iba como una moto… Mi mujer y algunos amigos artistas me decían: “¿Tú estás seguro de hacer eso?”. Y yo contestaba: “¡Pero si está guapo, ¿no?!”. Fui a la Bienal con mucha ilusión, y al final creo que no estaba preparado para todo lo que tenía que dar. En los ensayos estaba bien, pero en los estrenos… Fue muy auténtico porque al final no sale tan profesional, parece que ahí pasa algo, pero es real… Es una especie de locura transitoria que es verdad. Reconozco que hay momentos en que entro en eso cuando bailo. Soy capaz de todo.

B_ ¿Se le podría pasar algún día esa locura transitoria?
IG_ Ojalá que no, porque no me atrevería a hacer nada. Lo que me va a salvar es ese incontrol controlado. Para la mitad de la crítica me había estropeado. Mis padres decían “Hay que ver, hijo, que nos da vergüenza andar por la calle porque nos dicen: ¡Qué ha hecho tu hijo!”. Claro, ellos vienen de un flamenco de tablao que es una religión… Y yo no asimilaba todo lo que tenía en la cabeza, no lo podía dar con el cuerpo y se notaba. Por eso el público se levantaba y se iba. Ahí sí que he sentido esa especie de odio de decir: “Bueno, ¿y para qué venís entonces, si sabéis que no…?”. Es como una lucha estando incómodo. Y no salían galas. Cambié mucho de mánager. Yo era muy complicado. Para los festivales de danza era muy flamenco, y cuando iba a los flamencos me decían que lo mío era danza. Estaba en un terreno de nadie. Y recuerdo que hubo críticas que me insultaron mucho. Muchos bailaores me decían: “Hay que ver con lo lejos que ibas a llegar, ¡y al final te lo has roto to’!”.

B_ Si se hubiera quedado en la tradición, ¿dónde cree que estaría hoy?
IG_ Pues, mira, dando clases o… Creo que si no hubiera tirado por ese lado no habría seguido bailando, ni habría viajado ni trabajado tanto, ni habría encontrado a tantas personas. Estaría en un círculo más cerrado, y desde luego no me habría acercado a Morente.

Cuando nos va bien, los artistas tendemos a seguir repitiéndonos y a buscar esa complicidad con el público, pero a veces hay que romper con tu público para seguir haciendo cosas verdaderas

B_ A la hora de pensar en jóvenes flamencos influidos por él siempre pensamos en su hija Estrella, Miguel Poveda, Arcángel e Israel Galván.
IG_ Yo también metería ahí a Mayte Martín.
B_ Totalmente cierto. ¿Nota por tanto que existe ese hilo conductor compartido?
IG_ La suerte que tienen ellos es que respetan mucho las tradiciones y también se dejan llevar por su impulso y su sensibilidad. Y en eso Enrique ha sido un referente, porque han visto las cosas que ha hecho con la voz y son más valientes porque ha habido un hombre ahí que fue el primero que dio con el pico. Tienen esa ventaja. Hay otros artistas que quizá son más cerrados, dicen: “Respetamos las tradiciones y de lo que hay para allá no vale na’”.
B_ ¿Entonces diría que lo que les une es el respeto por lo desconocido?
IG_ Y por lo conocido. Es todo un abanico, dejamos la puerta abierta a un aire que es todo el legado del cante y del baile. Otros artistas se cierran esa puerta y circula siempre el mismo aire, algo que está bien, pero… Enrique tenía un respeto a todos los cantaores que se le notaba en su conocimiento.

B_ Morente dijo sobre su hija: “Mientras yo le produzca discos seguirá la línea del flamenco puro. Seré muy estricto para que cuando yo no esté lo tire todo y haga lo que quiera”. ¿Cómo afectará la falta de un referente así a la carrera de usted y a la del resto?
IG_ Seguro que va a haber un antes y un después. Lo primero es que ya no vamos a saber cómo es lo nuevo que ha hecho Enrique. Los que le criticaban sí que se van a dar cuenta ahora de que les falta, porque ya esa chispa no la va a haber. Y se va a notar lo importante que era ese giro, la falta que hacía. En la Bienal cantarán todos muy bien, pero faltará algo. A mí Enrique me sacaba un ole de verdad. Bueno, no de verdad, sino un ole desde más adentro que tengo ahí encerrado. Se me movía todo el cuerpo. Seguramente si quiero tener eso con Estrella podré hacerlo en sus conciertos, pero el que espero que me saque los oles que me sacaba Enrique es Arcángel, por su concepto, por sus facultades, por el respeto que le tiene y lo que le gusta, y por su valor y su forma de ser. Yo no digo que vaya a buscar un grupo como Lagartija Nick, pero le veo un valor con el que pone por un lado al público y por otro lo que le gusta a él. Los artistas, cuando nos va bien, nos enfrentamos a seguir repitiéndonos y a buscar esa complicidad y ese romance con el público, “yo y mi público”, ¿no? A veces hay que romper con tu público para seguir haciendo cosas verdaderas.

Va a haber un antes y un después de Morente. Los que le criticaban se van a dar cuenta ahora de que les falta

B_ Hace poco ironizaba diciendo que en sus espectáculos y en los de Morente se daba mucho eso de que la gente “comente”. ¿Por qué?
IG_ Cuando vi Flamenco, de Carlos Saura, en el cine, salió Enrique cantando y había ese murmullo: “¡Qué es lo que es esto…!”. Claro, la seguirilla que hace con esos cambios de tono y esa ruptura… Mi mujer fue luego con los niños a ver la película, y una mujer, al verme actuar, empezó a decir que aquello qué era, que si yo era esto, lo otro… Terminó la película y mi niño se levantó y le dijo a la mujer: “¡El de blanco es mi padre, y no es ni esto, ni esto, ni…”. A mí me da igual, pero me dio pena que mi hijo tuviera que sufrir esa crítica sin tener culpa. Y bueno, Morente ya tenía su público, pero yo pude sentir ese murmullo y esas palmas frías…


B_ ¿Siente cercanía con cómo ha crecido Estrella por haber aprendido usted directamente de sus padres, ambos profesores de baile?
IG_ Cada familia flamenca es un mundo. No sé cuál es el aprendizaje que ha tenido ella, pero yo hasta que un médico no me dijo hace cuatro o cinco años que tenía una lesión de rodilla y tenía que estar ocho meses sin hacer nada, no me di cuenta de que me gustaba bailar. Antes siempre tuve la duda de si yo era bailaor porque mis padres me metieron a bailar o porque, como nada más que sabía bailar, pues nada, a bailar. La verdad es que soy muy tímido, y no sería capaz de enfrentarme al público en un trabajo normal, sería un inútil total. Yo me salía de la academia para jugar al futbol y mi padre me cogía, me metía en la academia de ballet y yo no quería ir porque eso era de mariquitas… Quería ser normal, no artista. A los 15 o 16 años no me relacionaba bien con los jóvenes de mi edad y me encerré en el baile porque necesitaba desahogar el nervio que me producía no poderme conectar con el mundo. Me acuerdo de que fui a una psicóloga y me dijo: “Parece mentira que hayas llegado tan lejos sin que te guste el baile”.

B_ No quería fallarle a sus padres por nada.
IG_ Hombre, claro, esa presión la tienen todos los que han bailado o cantado desde chicos: tienen la responsabilidad ante el padre. Mira la crítica que le hizo Martín Martín al hijo de Enrique… Metió más de lo que era porque él era el padre. Enrique le escribió una carta que firmamos varios artistas, porque a un joven que empieza le puedes criticar, pero aquello iba con un poquito de saña. No lo había criticado de manera neutral. No sé, pero a los artistas que nos viene de familia, tenemos un corte de supervivientes que a lo mejor se puede reflejar. Tenemos esa losa.

B_ Volviendo a Morente, ¿por qué pensó en él para los vídeos de Arena?
IG_ Hombre, yo nunca pienso en él porque me da tanto respeto que no lo quiero molestar, pero como a Pedro le gusta tanto… De todas maneras, Enrique siempre que nos veía decía: “¡A ver si me llamáis para hacer cosas!”. Yo le decía: “Vale, Enrique, vale…”. Pero Pedro se lo tomaba al pie de la letra y llamaba. Enrique quería mucho a Pedro, y él sabía que Morente tenía cosas hechas de Bergamín, que escribía de toros. La verdad es que a mí el mundo del toreo me llegó tarde, a través de los libros para mi espectáculo. No me había percatado de lo que me estaba influyendo. Con Enrique fui a una corrida para hablar ya de lo que queríamos hacer. Recuerdo que me explicó todos los pasos de la corrida y que era un experto. “Porque esta oreja, porque lo otro…”. Los aficionados se daban la vuelta y decían: “Tiene usted razón, tiene usted razón…”.

B_ En el vídeo, donde canta a su lado en la plaza, los dos tienen una expresión como tensa ante el peligro. A usted se le ve algo apocado a su lado.
IG_ Estaba cortado. Los favores que Enrique me ha hecho a mí es difícil que se los haya hecho a otros, porque eso de venir de Granada a cantar sin cobrarme nada… Estaba agradecido, y encima vino en coche él solo sin estar muy bien. Yo estaba en tensión por él, por respeto. Me acuerdo de que se me plantó una mosca aquí (señalándose la nariz) y no quería ni espantarla: “Yo no me muevo de aquí…”.

B_ Concluyendo, ¿con qué se queda de Morente artística y personalmente?
IG_ De trabajar con Enrique lo que me quiero llevar es la fuerza que él tenía, porque sé que hace falta para seguir. Aunque no fuera maestro de baile, tenía un espíritu tan fuerte que para mí fue como otro más. No quiero que se me pierda lo poquito que he estado con él. Para mí ha sido el artista de más importancia en toda la historia del flamenco. Le ha dado un cambio tan radical, que seguro que a mí y a otras personas nos ha sacado un ole muy muy interior. En lo personal, diría que el monstruo, el genio, era buena persona, una persona normal, y conocerle teniendo una relación de amigos ha sido una suerte. Te podría decir un montón de cosas, pero en chiquitito es eso: el mejor artista de todos los tiempos y un amigo verdadero.

*NOTA: La edición física de ‘Libro de Morente 2’ puede conseguirse a través de la web www.boronía.es. Entre sus participantes se encuentran más de 50 artistas y periodistas relacionados de alguna u otra forma con Morente. Entre ellos están su viuda Aurora Carbonell, Miquel Barceló, Lee Ranaldo, Eric Jiménez, José María Sicilia, Santiago Auserón, Hans Ulrich Obrist, Suso33, Alicia Chillida, Emilio Barrachina, Sergio Mora y Carmen Giménez. Se completa con entrevistas a Soleá Morente, Pepe Habichuela y Los Evangelistas, además de un informe sobre las colaboraciones discográficas del cantaor.

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