Un hombre de oficio, en la revista Ling

Posted on septiembre 17, 2011

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¿Nunca han oído hablar de alguien que se metió tanto en un papel que acabó creyéndoselo? Pues ese podría ser el caso de Emilio el Guardia, un personaje único en la vida social jerezana. Si visitan la ciudad en Semana Santa es fácil que le vean dando indicaciones para que la muchedumbre abra paso a las procesiones. Le distinguirán por sus famosos guantes blancos, que emplea cada vez que tiene lugar algún acto multitudinario “de categoría”.

Posiblemente no cojan ni una de las palabras que dice, porque para eso hay que conocerle muy bien, pero se darán cuenta de que sabe poner orden. “A él siempre le ha tirado la calle. Sabe lo que se mueve en Jerez, se entera de todo, y la gente le entiende muy bien. Él siempre ha sido así, del pueblo”, comenta su hermana Luisa, quien lleva toda su vida cuidándole como nadie mejor haya podido hacer. Cuando su madre estaba embarazada de Emilio recuerda que tuvieron que operarle de apendicitis. “La anestesia estaba mala”, dice.

Lo que no recuerda es cuándo fue la primera vez que vio a su hermano dirigiendo el tráfico. “Él se ponía al lado de los guardias en los cruces a imitarles, y no le echaban porque le conocían desde chico, cuando se escapaba de la miga. A los extranjeros que le preguntaban igual les mandaba a un sitio que no era y los pobres caían. Después los taxistas se partían de risa al ver que habían picado”.

Emilio tiene ahora 76 años. Cada día sale a la calle de punta en blanco, con un silbato y uno de sus muchos pares de guantes blancos metidos en el bolsillo. Lo primero que hace es ir a que le afeite Manolo en su portería. Después comienza su periplo por el casco urbano, se va a La Moderna a tomarse una manzanilla o un refresco de naranja, o a su Hermandad, la de Jesús Nazareno, donde le consideran “un hombre extraordinario” y le guardan un cariño inmensurable. Allí conocen el genio que tiene cuando se da cuenta de que le faltan el respeto.

“La gente siempre le ha llamado así, Emilio el Guardia. Siempre le ha gustado serlo, ¡y poner multas!”, comenta entre risas Luisa mientras explica que cuando ve coches mal aparcados se enfurece y les deja notas en los parabrisas. Ella es cuatro años mayor que él, y rememora perfectamente el día en que le dio por ponerse su complemento favorito. Tendría diez años. Su hermano mayor, que estaba sirviendo en Caballería en la Mili, tenía revisión, y por más que buscaba no encontraba sus guantes. Emilio hacía rato que se los había agenciado junto a una caña para hacer guardia en la azotea. “Desde entonces ya no pasa sin ellos. ¡Talegos tiene de guantes!”, explica su hermana, quien tiene anécdotas para dar y regalar: como cuando en una boda de alto standing en la Iglesia de San Marcos un político le dio la mano a Emilio pensando que era una eminencia y se le cambió la cara al averiguar quien era. “¡Estaría buscando votos el hombre!”, ironiza entre carcajadas Antonio, uno de los hijos de Luisa.

Lo curioso de esta historia es que Emilio es todo un hombre de oficio. “Llega de la calle a la hora del almuerzo como el que echa la peoná, y después de la novela, a las cinco, ¡otra vez de vuelta! Recuerdo un día en que vino loco de contento, como el que trae un sueldo”, comenta Luisa. Traía un billete de veinte duros que le había dado el alcalde de aquel entonces, Álvaro de Domecq. Pero para agradecimientos, y curiosidades donde las haya, el homenaje que le hizo el Cuerpo Nacional de la Policía de Jerez en 2007. En la placa que le otorgaron puede leerse: “por sus muchos años de servicio en su condición de Emilio el Guardia”.

* Artículo publicado en la Revista Ling en el número de agosto de 2011

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