Diario-palangana #2: mi reforma por Covid me trae frita

Posted on agosto 4, 2020

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Hola de nuevo. Hoy hace una semana que tengo los síntomas de coronavirus. Y no he tenido fiebre. Eso es muy bueno. Se supone que todo va como mejor podía ir. Jordi igual, algo más fastidiado que yo. Pero se recupera, que es lo importante. Y lo mejor: nos han dado los resultados de Joana, su abuela Mari Carme y su tía Helena. Negativas todas. He respirado tranquila, sobre todo por mi suegra. Tenía la duda de que estuviera cuidando de una niña-bomba camuflada. Es muy raro que Joana sea negativa y sus dos padres recluidos positivos. Supongo que ya lo ha tenido que pasar y no lo hemos sabido. No han mirado si tiene los anticuerpos. Nos quedamos con esa duda. Lástima.

Bueno, impresiones de mi confinamiento a solas: tengo la sensación de que me estoy equivocando a todas horas. Estoy cada vez más tranquila, en el sentido de que el apretón de pecho por ansiedad parece haberse ido. Pero hay un bloqueo en mi cerebro importante que está además afectado por la sensación de  pesadez de la cabeza, los oídos inflamados, una punzada en el entrecejo y la sinusitis rara ésta (por cierto, anoche perdí el olfato repentinamente, justo después de que Joana me dejara en los escalones de la buhardilla en la que estoy aislada una sorpresita de flores. Casi me la como. A Joana. No supe qué cara poner cuando me acerqué a olerlas. Creo que la pobre no entendió el shock de mi expresión tras mi mascarilla. Dejé la comprobación para luego, y en efecto: nada de nada. Bloqueo sensorial total. Muy jevi. Pero vamos: ¡todo sea eso!

Yo cuando hablo del bloqueo en mi cerebro me refiero más a las consecuencias que tiene este exceso de preocupación en mí (por cierto, las muestras de cariño de tantísima gente me han llenado por dentro no sabéis cómo. Han sido todo un bálsamo afectivo. Llevo dos días pensando “¿y ahora qué les cuento, si no pasa nada en todo el día?”. En este tiempo, si ya soy dispersa, lo he sido por 7. Y encima con excusa, así autocomplaciente conmigo misma todo el rato… “Farsante! No perrées tanto que no te estás muriendo”, me digo una y otra vez. Pero estoy lacia, no miento. Y bueno, eso: lo de sentirse culpable va con el pack. Tengo dudas de si me estoy enclaustrando e forma individual para demostrarme algo absurdo por narices. He tenido momentos en los que he pensado que es sano aislarse, guardar silencio, pensar en lo de fuera y mirar lo de adentro. A nivel pareja puede oxigenarte, ayudarte a darte cuenta de si estás atendiendo a tu yo primitivo y bla bla bla… Creo que mi enfoque es confuso, y os lo digo sinceramente. En el momento de tomar aquella decisión sentía mucha, muchísima claustrofobia, estrés, miedo… No sé si en esto hay algo de autotortura, de afán de superación o es que pretendía sacarle provecho espiritual al amago de convento que me he montado. Hoy mi amigo Repi (al que quiero responder como a muchas otras personas cuando pueda con el cariño que se merece) me ha escrito que soy una reformadora de manual. Después de preguntarme si es porque he instaurado la reforma autonómica de parejas coronavíricas en casa de mi suegra no he podido evitar mirar qué es eso del eneagrama de la personalidad. La verdad, Repiso, es que la has clavado poniéndome esa categoría. La wikipedia me lo ha estampado, en toda la cara.

Eneatipo Uno: El reformador. Son profesores y cruzados, se esfuerzan siempre por mejorar las cosas, pero temen cometer errores. Bien organizados, ordenados y meticulosos, tratan de mantener valores elevados, pero pueden resultar críticos y perfeccionistas. Normalmente tienen problemas de rabia e impaciencia reprimidas.

Ole ahí: Así soy yo, ¡arsa! Esto sí que se está convirtiendo en todo un diario-palangana. Lo leo y pienso “vaya coññññazo de tía. Relájate un poquitito, ¿no, Caroline?”. Yo de profesora, depende de en qué materia, puedo ser buena quizá. Lo de “cruzados”, en este confinamiento desde luego que tiene sentido, porque el primer día como os dije me crucé muchísimo y todavía no sé ni cómo pedir disculpas… De momento he hecho algo, sólo algo, de yoga buscando mi parte zen. Tengo ya varios tutoriales de meditación que me ha pasado una prima (¡¡¡gracias de nuevo, Isa!!!). Próxima cosa a intentar.

Estoy rota. Me voy a dormir.

Ay, frenazo: antes os quiero contar algo más para que veáis que tengo muy poco sentido del ridículo y hasta qué punto me puedo comer el tarro buscándole sentido a todo:

He llamado a la doctora que sigue mi caso y el de Jordi para quitarme la duda de si… Bueno, a ver… Que me fui a vivir al campo hace un año y he tenido muy poco contacto yo con posibles focos… No ha sido una llamada así porque sí… Estaba pensando que en el huerto que tenemos han aparecido muchos tomates roídos en las últimas semanas. Las marcas de una boca del tamaño como la mitad de la nuestra se veían claras. Algunos tomates decidí tirarlos por precaución, pero hubo un día que me envalentoné y quisé no ser paranoica (hay que aprender a convivir con tejones, topos…), corté la parte de la marca e hice una ensalada más. Total, que ahí me tenéis, haciéndole la pregunta del millón a la pobre doctora por teléfono: “¿Y si nos ha contagiado una rata a través del tomate crudo?”. Acababa de leer que el hantavirus es parecido al coronavirus. Y también que desde el confinamiento hay ciudades donde las ratas se han vuelto más agresivas, supuestamente por la falta de comida en las basuras de fuera de los restaurantes. ¿Y si en realidad…? Bueno, eso, os lo podéis creer: he llamado a la doctora para preguntárselo. O lo hacía o me leía internet entero. Total, por hablar un poquito y esparcir mis neuras, como quien habla del tiempo… Qué paciencia de santa que tiene la mujer y que maja es… El otro día os conté que soy bastante hipocondriaca, ¿verdad? A veces también me creo Sherlock Holmes. Aunque acabo convertida en Mortadela.

Nada, ya os seguiré contando cosillas de estas sin ton ni son. Buenas noches. Me voy a tomar un paracetamol a vuestra salud. Cuidaros mucho y sed felices.